El goce de la piel.
Reynoso, Oswaldo
Editorial San Marcos, Lima-Perú 2005
Obsesión por la piel.
El cuerpo se erige como el último vestigio de divinidad humana: admirarlo y descubrirlo fue siempre un ritual de culto y respiración. Nuestros primeros días de golpeteos y fascinación encontraron a los dedos como herramientas maravillosas para sentir y explorar. En la pubertad, esos mismos seguirán tocándolo todo y conocerán el hedor y el placer, llevarán la libido en sus yemas y esculpirán con ella una nueva piel, una crisálida para el semi-niño.
Justo en ese momento encontramos al cuentista y maestro Oswaldo Reynoso; el escritor de la collera, los príncipes orientales y el luto de octubre, como un confeso admirador de la belleza del cuerpo. Sus trabajos experimentando con la novela corta, En búsqueda de Aladino (1995) y El goce de la piel (2005) recrean este episodio de descubrimiento y conflicto. En el primero se narra la búsqueda de la ansiada y distante imagen juvenil del cuerpo, a través de un recorrido por la India, sus plazas y desiertos.
En El goce de la piel, profundiza en esta cruzada por lo bello: parte de una incursión retrospectiva a sus días de adolescente, cuyo fin es conciliar el suceso que lo iniciaría en las artes de la contemplación y el roce, para luego seguir sus manifestaciones a través de distintas etapas y cuerpos (púber, estudiante universitario, profesor y anciano).
Un soliloquio de puntuación ausente abre el relato. Una confesión manifiesta en un grito de placer prolongado, que evoca voces y momentos de aquel deslumbramiento inicial:
Malte inundó dulcemente mi cuerpo y esa placentera sensación fue más honda que la que sentía después de comulgar en pleno recogimiento (“El goce de la piel”, página 19)
Justo en ese momento encontramos al cuentista y maestro Oswaldo Reynoso; el escritor de la collera, los príncipes orientales y el luto de octubre, como un confeso admirador de la belleza del cuerpo. Sus trabajos experimentando con la novela corta, En búsqueda de Aladino (1995) y El goce de la piel (2005) recrean este episodio de descubrimiento y conflicto. En el primero se narra la búsqueda de la ansiada y distante imagen juvenil del cuerpo, a través de un recorrido por la India, sus plazas y desiertos.
En El goce de la piel, profundiza en esta cruzada por lo bello: parte de una incursión retrospectiva a sus días de adolescente, cuyo fin es conciliar el suceso que lo iniciaría en las artes de la contemplación y el roce, para luego seguir sus manifestaciones a través de distintas etapas y cuerpos (púber, estudiante universitario, profesor y anciano).
Un soliloquio de puntuación ausente abre el relato. Una confesión manifiesta en un grito de placer prolongado, que evoca voces y momentos de aquel deslumbramiento inicial:
Malte inundó dulcemente mi cuerpo y esa placentera sensación fue más honda que la que sentía después de comulgar en pleno recogimiento (“El goce de la piel”, página 19)
Me quité la ropa y por primera vez contemplé mi cuerpo. Y era hermoso. Desperté a mis amigos y con Malte a la cabeza corrimos desnudos y esbeltos al encuentro de las olas y al sentir el goce aterciopelado del mar en toda mi piel y al aspirar su aroma de lujuria nocturnal me enfrenté a la ola más grande gritando: Dios no existe. (“El goce de la piel”, página 27)
Uno de los méritos de Reynoso – junto con Eduardo Eielson- es la reinvidicación del culto a la piel desde lo cotidiano y lúdico-absurdo, hasta su reflexión viseral. Montando así, sobre el viejo estereotipo que encuadra a la temática como superficial o muy trillada, la idea de que nada más profundo podría pensarse.
Según el mismo Oswaldo, el estilo es algo que uno cultiva toda la vida. En su lírica prosa – producto de décadas en los oficios del paseante, el mirón y el escritor-, los motivos populares y la poesía han llegado a una simbiosis perfecta, que hacen de El goce de la piel, además de una buena propuesta de re-creación de lo mundano-popular en la literatura peruana, una novela corta pensada y escrita como una decantación de pasiones.
(Alberto Schroth)
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