Thursday, December 14, 2006

Reseña a la novela "El Goce de la piel" ( O.R)




El goce de la piel.
Reynoso, Oswaldo
Editorial San Marcos, Lima-Perú 2005


Obsesión por la piel.



El cuerpo se erige como el último vestigio de divinidad humana: admirarlo y descubrirlo fue siempre un ritual de culto y respiración. Nuestros primeros días de golpeteos y fascinación encontraron a los dedos como herramientas maravillosas para sentir y explorar. En la pubertad, esos mismos seguirán tocándolo todo y conocerán el hedor y el placer, llevarán la libido en sus yemas y esculpirán con ella una nueva piel, una crisálida para el semi-niño.

Justo en ese momento encontramos al cuentista y maestro Oswaldo Reynoso; el escritor de la collera, los príncipes orientales y el luto de octubre, como un confeso admirador de la belleza del cuerpo. Sus trabajos experimentando con la novela corta, En búsqueda de Aladino (1995) y El goce de la piel (2005) recrean este episodio de descubrimiento y conflicto. En el primero se narra la búsqueda de la ansiada y distante imagen juvenil del cuerpo, a través de un recorrido por la India, sus plazas y desiertos.

En El goce de la piel, profundiza en esta cruzada por lo bello: parte de una incursión retrospectiva a sus días de adolescente, cuyo fin es conciliar el suceso que lo iniciaría en las artes de la contemplación y el roce, para luego seguir sus manifestaciones a través de distintas etapas y cuerpos (púber, estudiante universitario, profesor y anciano).

Un soliloquio de puntuación ausente abre el relato. Una confesión manifiesta en un grito de placer prolongado, que evoca voces y momentos de aquel deslumbramiento inicial:


Malte inundó dulcemente mi cuerpo y esa placentera sensación fue más honda que la que sentía después de comulgar en pleno recogimiento (“El goce de la piel”, página 19)


Un narrador sosegado ahondará en esta figura de lo bello al contraste, entonces encontramos a Malte, celebración fáustica de la piel, en tiempos, condiciones y estéticas distintas -sin perder la postura de un efebo- retratando de manera simbólica al acto inefable y continuo de contemplación, mientras uno se añeja:


Me quité la ropa y por primera vez contemplé mi cuerpo. Y era hermoso. Desperté a mis amigos y con Malte a la cabeza corrimos desnudos y esbeltos al encuentro de las olas y al sentir el goce aterciopelado del mar en toda mi piel y al aspirar su aroma de lujuria nocturnal me enfrenté a la ola más grande gritando: Dios no existe. (“El goce de la piel”, página 27)



Uno de los méritos de Reynoso – junto con Eduardo Eielson- es la reinvidicación del culto a la piel desde lo cotidiano y lúdico-absurdo, hasta su reflexión viseral. Montando así, sobre el viejo estereotipo que encuadra a la temática como superficial o muy trillada, la idea de que nada más profundo podría pensarse.

Según el mismo Oswaldo, el estilo es algo que uno cultiva toda la vida. En su lírica prosa – producto de décadas en los oficios del paseante, el mirón y el escritor-, los motivos populares y la poesía han llegado a una simbiosis perfecta, que hacen de El goce de la piel, además de una buena propuesta de re-creación de lo mundano-popular en la literatura peruana, una novela corta pensada y escrita como una decantación de pasiones.





(Alberto Schroth)

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