Saturday, December 16, 2006

Crónica roja


Holocausto del periodismo mexicano

No haga muchas preguntas


Los Zetas, sicarios del cártel de la droga, disfrutan mucho asesinando a los periodistas: un barrido de disparos a quemarropa acaba con el lado más contestatario de cualquiera. Todo es parte de una estrategia para arreglar la agenda mediática de sus patrones, a quienes no les gusta tener a alguien detrás: detestan a los colegas curiosos y valentones como Ramón Hurtado, el periodista mexicano que trabaja por más de 20 años cubriendo desde la frontera.

I
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Lo primero que le aconseja un veterano al reportero, que acaba de ser ungido con la sacra misión de informar sobre el movimiento del narcotráfico en los pueblos de frontera, es callarse las preguntas: hay que darles sepultura maxilar. Pero los potenciales mártires no le hacen caso hasta que llegan las amenazas, las primeras torturas o la muerte. En la lista de los insolentes hay trece en los últimos diez años y todos los corresponsales integran el listado negro, muchos seden al soborno mientras algunos recios viven en paranoia. A Lima, llegó uno de los marcados: Ramón Hurtado, que resulta doblemente marcado por ser mexicano fronterizo y corresponsal para medios estado unidenses. El y su esposa comparten el oficio de la corresponsalía y asisten como panelistas invitados a un seminario de periodismo de investigación.


II
El Testimonio de un perseguido

Los esposos se presentan como colegas, el ritmo del periodista de frontera parece enfriar el temple y las sábanas. Ambos son corresponsales para un medio neoyorquino. Es la última ponencia de la tarde y ante la audiencia autista, el mexicano confiesa lo difícil que es la vida en la frontera, incluso para los no periodistas: él vivo ese infierno cuando era un niño.

He vivido en California y en Texas… pero nací en la frontera, soy un fronterizo (lo dice entre risas, para hacer la tarde ligera, pero luego se pone serio y su voz decae), El narcotráfico es un tema al que siempre le han dado vuelta, aunque no seas periodista. Mi padre tenía un restaurante en el paso que se llamaba Preni´s café, donde un día nos dicen que había alguien que quería invertir un dinero para hacerlo más grande y todo. Pero al poco tiempo llegaron tristes y yo les pregunté qué había pasado. Ellos me contaron que el señor que les había hecho la oferta les había ofrecido 60 mil dólares sólo si colaborábamos con ellos guardándoles mercancía por las noches. Luego había sacado un expediente con las fotos de todos mis hermanos y hermanas y si algo le llegase a pasar a la carga, nosotros la llevábamos.

Ramón confiesa haber quedado atrapado, seducido en la inmersión en cuatro temas muy espinosos: la muerte de las mujeres en ciudad Juárez, el informante incómodo, la periodista asesinada y la guerra entre los cárteles del golfo, los zetas y los Sinaloa, lo cual lo hace estar muy presente en la agenda de los que deben rendir cuentas, básicamente por ser molestos: en cualquier momento – como ya ha ocurrido antes-, podrían consumarse su vida en algún atentado.

Hasta ahora ha tenido suerte. Un encuentro cercano con una pistola – en sus sienes-, le bajó al instinto del periodista curioso y aprendió a ser un poco más discreto para conservar la vida. Se calla un momento y anuncia otra confesión:

Al rato sale el dueño y nos dice que nos vallamos, porque algo raro estaba pasando. Mientras mi amigo y yo debatíamos si nos íbamos o no, llega el mesero con un tequila. Oiga usted se ha equivocado yo ya me voy, le dije, pero el mesero me indico que no, que era de parte del señor de atrás. Se acerca, me coge del hombro y me dice apuntándome en la sien: Ramón gracias por traer a tus amigos, aquí son bienvenidos. Aunque a veces los periodistas exageran, son bienvenidos cuando no hacen preguntas. Hay algo que hacemos a los que hacen demasiadas; los torturamos, a veces les damos un balazo en la cabeza o con un cuchillo les quitamos cada dedo, los oídos, los hacemos pedazos y mandamos el video a su familia con una corona, por el pésame. ¿Nos entendemos? Si, le contesté.

Ramón Hurtado ha perdido a varios colegas. Los casos que terminan un poco más lejos son estruendos en los diarios locales e instituciones como El comité de defensa del periodista (CPJ) e Impunidad, un espacio virtual de denuncia y promoción de la libertad de prensa en la web.

Para hacernos aterrizar en la frontera, él da algunas cifras: resulta que en los últimos años del presidente Fox, murieron cerca de 16 periodistas, pero en dos décadas de cobertura los caídos suman más de 120. Entre estos nombres, la prensa mexicana le rinde culto al inquebrantable accionar de Guadalupe, una conductora de radio y Ortiz Franco, investigador.


III
Guadalupe

Ramón cuenta que le fue asignado el caso de Guadalupe, la carismática y exhaustiva periodista y locutora de radio en Laredo, que fue baleada el cinco de marzo del 2004 y caería muerta después de una semana y media en recuperación. Según cimanoticias.com, cuatro de los nueve balazos que alcanzaron su cuerpo fueron letales, impactando justo en el pecho, el hígado y los intestinos.
Lo que Ramón descubrió fue de alto calibre. Ahora habla de ella en un tono iconoclasta: Guadalupe andaba muy metida y sabía más que la policía en casos de narcotráfico. La mataron en marzo del 2004 y se hizo hasta un monumento para lupita. Me pongo a investigar eso y descubro que ella era una vocera de los narcos para la prensa: ordenaba en la tarde qué se publicaba y qué no, amenazaba si no le hacían caso.

El oficio no es para cínicos según, Rysard Kapucinsky, pero es sobre todo hecho para los pacientes y los que saben elegir el momento para liberar su lado más animal del instinto periodístico-noticioso de la sospecha, o someterse y seguir la fluctuación del camino, para conservar su vida. Ramón Hurtado lo ha confirmado, desde sus primeras comisiones en El Paso.

En mi primer día de trabajo en El Paso, Texas me asignan un reportaje: tenía que acompañar a un periodista y asistirlo. Me da un teléfono: esta es tu tarea -me dice-, yo voy a comer al frente tuyo, si alguien me llama me avisas. Estuve esperando por cuatro horas y luego nos fuimos. De regreso en la frontera le pregunto con quién habló, de qué se trataba todo eso. Él me contesta que la primera lección para mí, que recién empezaba a cubrir el narcotráfico es no hacer muchas preguntas, porque las respuestas te pueden llevar a la muerte.

IV
Ortiz.

La historia de un valentón muy hábil cabe precisa aquí. A Ortiz Franco las respuestas, los contactos y el descuido le dieron sepultura en Tijuana, donde era co editor y reportero de un importante semanario -Zeta-, que sostenía un seguimiento implacable a la familia de los Arellano Félix el cártel de la droga más influyente en el momento. Ortiz, fue el primer romántico meticuloso que llevó la misión de informar al extremo y su inmersión fue tan onda, obsesiva e impertinente, que resulto baleado el 22 de junio del 2005 a plena luz del día, en un tranquilo vecindario cerca del centro de Tijuana, a dos cuadras de la sede de la policía estatal. Si bien no publicó mucho, se hizo de una considerable baraja de fuentes y descubrió a narcos haciéndose pasar por efectivos de la policía estatal, con el uniforme e identificaciones falsas. Ese fue el único artículo que firmó, publicado en el semanario con todo y las fotografías de los infiltrados, detallito que quizá lo haya llevado a la tumba.

Según el artículo publicado por el CPJ, la tensión le había ocasionado una parálisis parcial de la cara y tuvo que dejar la redacción por un par de semanas, las que también dio libre a su guardia personal. La rutina de todos los días era asistir a la clínica y regresar a la casa por las mañanas. Pero el 22 de junio fue acompañado por sus hijos de 9 y 11 años. Antes de encender el carro para regresar a la casa, una camioneta negra se detiene al lado y un hombre encapuchado atina cuatro disparos al cuerpo de Ortiz: impactos en el pecho y la cabeza, que según aclara el artículo en mención, le causaron la muerte al instante.

Después del ataque, llegó a cubrir la nota el reportero, Lauro Ortiz Aguilera, quien veía cómo su medio hermano era revisado por los forenses.



IV
Investigación retardada.


Ramón responde a una de las últimas preguntas, antes de cerrar el día e ir por unas copas:

Es una tierra gris, donde nadie tiene control. La peor pesadilla de la sociedad Americana está en la frontera. El narcotráfico ha penetrado en la cultura, la guerra de los cárteles siembra mucha preocupación y miedo en los pobladores, les resta posibilidades y turismo. Es además un tema muy riesgoso para el periodista.

Es aplaudido y con sus palabras se cierra la sesión del seminario. Pero algo tanto o más peligroso que el narcotráfico es que la lucha contra éste, se vea en ralenti por el resto de Instituciones del estado: todas corruptas y manipuladas. Lo cierto es que los demás procesos permanecen congelados a ritmo lento, pues el narcotráfico ha corrompido a policías locales, estatales y federales; a alcaldes, jueces, maestros y sacerdotes, incluso a conductores de taxis y a empleados de hoteles. La mayoría de los casos ocurridos en la frontera norte con estados unidos –Tijuana-, siguen impunes

Si alguien raro se gana el derecho a ser silenciado, esforzándose en el ejercicio de la denuncia, todo el sistema conspirará en su contra.
(Alberto Schroth, 2006)

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